“Meditación: la salud del cuerpo y la mente” – Conferencia del maestro zen Denkô Mesa en el ‘3rd International Meeting on Mindfulness’ (Zaragoza, junio 2016)

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Denkô Mesa (La Orotava, Tenerife, 1967) es Maestro de meditación zen, director espiritual de la Comunidad Budista Soto Zen Canaria, profesor del Programa de Estudios Budistas de la CBSZ y profesor del Máster en Mindfulness de la Universidad de Zaragoza. Además de su último libro “Zen: Aroma eterno” que acaba de salir de a la venta, ha publicado “En los espacios del silencio”Presencia Invisible, Zen: Entrega y confianzay El Viejo arte de darse cuenta.

Con el permiso de Denkô Mesa, os ofrecemos su conferencia “Meditación: la salud del cuerpo y la mente” que impartió el jueves, 9 de junio, en el III Congreso Internacional de Mindfulness de Zaragoza y que él mismo ha compartido en su blog Contenido Cero, donde podéis seguir su actividad. También podéis seguirle en sus dos cuentas de Facebook: Perfil y Página.

 

Buenas tardes:

Quiero expresar mi agradecimiento personal a Javier García Campayo y a todo su equipo de colaboradores que hacen posible este III Congreso Internacional de Mindfulness en Zaragoza.

Podrán observar que en el título de la ponencia aparecen tres palabras importantes: meditación, cuerpo y mente sin olvidarnos del concepto salud que a todas las reúne. Debido al corto margen de tiempo que tenemos para exponer, voy a abordarlas de manera sucinta, pero con la intención de incidir en la necesidad de encontrar un equilibrio entre las mismas.

A lo largo de la historia de la humanidad, ha sido la meditación, contemplada en sus más variadas formas, la mejor herramienta para vehicular la sanación del cuerpo y el espíritu. Suelo definir la meditación como el viejo arte de darse cuenta, un proceso permanente de serena observación que convierte a la atención plena en la herramienta imprescindible para la toma de conciencia.

Gracias a ella, podemos reflexionar sobre preguntas relevantes. Por ejemplo, ¿cómo podríamos definirnos? ¿En qué nos caracterizamos? ¿Quiénes somos? ¿De qué estamos hechos? ¿Cómo nos relacionamos con los otros y cómo lo hacemos con nosotros mismos? ¿Dónde y cuándo caemos en las redes de la inconsciencia? Por el contrario, ¿podemos mejorar la calidad de nuestras percepciones?

Estas grandes cuestiones, que acompañan la historia evolutiva de los seres humanos, no han sido formuladas únicamente en el contexto de la ciencia, ya que son interrogantes primordiales que continúan presentes en todas las culturas, tradiciones espirituales y vías de conocimiento. En cualquier caso, las respuestas que encontremos, podrán ser variadas y distintas, por aquella famosa ley del perceptor, según la cual todo depende del ojo con el que se mire. Sin embargo, todas apuntan al descubrimiento y comprensión del sustrato mismo de la existencia.

Cuando hablamos de la persona, nos referimos a un conjunto de actitudes, rasgos, motivaciones, creencias y patrones comúnmente aceptados. En definitiva, somos una combinación única de rasgos físicos, procesos biológicos, potenciales mentales, emocionales y espirituales. Somos un organismo en dinamismo constante y sujeto a un amplio abanico emocional que oscila entre la avidez, la antipatía y la indiferencia.

Sin embargo, vivimos atrapados por la continua actividad de una mente restringida que aspira a convertirse en algo sólido, estable y definido. Con el llamado ego hemos topado. He aquí el director ejecutivo de una empresa llamada yo. El ego es un constructo de necesidad social que cumple perfectamente su función, o sea, mantenernos maniatados y regular pautadamente la conducta según los convencionalismos instaurados. Por lo tanto, nada puede ser expresado, si no es aprobado por los mandamientos socioculturales del sistema. Esta fijación mental es la que define el ritmo, programa qué hacer y qué callar a cada instante. Así que, aquello que creemos ser, no somos, pero a menos que nos demos cuenta de ello, seguiremos atrapados en la ilusión de lo creado.

Para entender el verdadero significado de la naturaleza humana es preciso evitar el dualismo planteado, desde hace mucho tiempo atrás, por autores como Platón y al que siguieron otros como Descartes en el siglo XVI. Padecemos la secuela de esta dirección al considerar al cuerpo como la “cárcel del alma”, cuando la armonía del cuerpo está directamente ligada a la del espíritu. El hombre no es la suma de las partes, ni una división de alma y cuerpo.

Investigaciones científicas actuales están demostrando que el cuerpo puede y debe ser curado a través de la mente, y la mente puede y debe ser curada a través del cuerpo. Nuestro cuerpo es físico, pero también es un cuerpo emotivo. Recientes estudios en neuroimagen revelan que “la longitud de los telémetros (proteínas situadas en los extremos de los cromosomas y que correlacionan con la esperanza de vida) es significativamente mayor en meditadores. La conclusión es que la meditación continuada alargaría la esperanza de vida.”

Ahora bien, ¿cuánto tiempo estamos dedicando a la práctica meditativa? El ser humano en este mundo moderno parece dominado por el uso del motor intelectual en detrimento y olvido del propio cuerpo y ajeno al mundo de las emociones. Por todo ello, tiende a volverse una mera máquina que no para de producir más y más. La vida misma se ha mecanizado, perdiendo mucho de vitalidad y naturalidad. Al final, todo se reduce a un consumo insano. Incluso nuestras relaciones pueden caer en el vacío más abrumador.

¿Podemos vivir en un estado de salud global? Sí, la respuesta es sí, pero hay que ponerse a ello y nadie podrá hacerlo por nosotros. El viaje del autoconocimiento permite poner en orden los distintos niveles del ser.

La enseñanza budista revela que los seres humanos están constituidos por un conjunto de elementos que definen su aspecto físico, emocional e intelectual, pese a ello, no reconoce sustancialidad alguna en ninguno de sus componentes y mucho menos acepta cualquier atisbo de eternidad en éstos. La característica principal es que son vacíos e impermanentes. No obstante, al negar estas verdades, los hombres viven bajo el signo del dolor y padecen un sufrimiento innecesario.

El primer componente se relaciona con la densidad de la materia y todo lo que tiene forma y color, sonido, sabor, olor y objeto táctil. Hace referencia a nuestros cuerpos y al mundo físico en general. Son la forma (nama) y el cuerpo (rūpa), pero incluye no sólo el cuerpo, sino además la propia imagen que la persona se hace de éste.

Así pues, estamos ante un compuesto temporal en cuya base se combinan cuatro elementos. Fuera de estos elementos no hay nada en mi cuerpo.

  • El elemento TIERRA es la propiedad mediante la cual un cuerpo material ocupa el espacio, tiene cierto grado de dureza o blandura, resiste a la presión y excluye a otros cuerpos. Asimismo se relaciona con la firmeza, estabilidad, tenacidad y energía acumulada, búsqueda de lo concreto, practicidad, paciencia, autodisciplina, cautela, seguridad en los procedimientos y convencionalismos.
  • El elemento AGUA representa la propiedad de cohesión, la cual hace que las partículas materiales se unan y se adhieran una a otra.  Por otra parte, se relaciona con la flexibilidad, adaptación, sensibilidad, fluidez, reserva, intimidad, compasión, necesidad de vincularse y el servicio.
  • El elemento FUEGO es el principio mediante el cual todos los fenómenos materiales tienen cierto grado de calor; inclusive cuando una substancia en particular es sentida como fría, es solo debido a que está menos caliente que nuestro propio cuerpo. Se relaciona con la vitalidad, pasión, vehemencia, energía, entusiasmo, fuerza, franqueza, radiación, voluntad, iniciativa, exaltación e impaciencia.
  • El elemento AIRE es el principio de oscilación por cuya razón todas las partículas materiales se encuentran en estado de vibración. Debido a este principio los cuerpos materiales exhiben movimiento. Se relaciona con la libertad, ideas, liviandad, cambio, centro en su mente, análisis, desapego, perspectiva, verborragia, curiosidad, conceptualización y necesidad de socializar.

Cuando hablamos del cuerpo nos referimos al sistema nervioso, la respiración, los movimientos físicos y la actividad, pero concretamente debemos prestar atención a las seis puertas de los sentidos. Las cinco externas son ojos, oídos, nariz, lengua y tacto. La otra puerta es el sentido interno que llamamos mente.

Cada una de estas puertas de los sentidos tiene su correspondiente objeto con el que entra en contacto y así es como experimentamos el mundo. Por esta razón diremos que externamente, el ojo ve vistas, el oído oye sonidos, la nariz huele olores, la lengua saborea sabores y el cuerpo palpa sensaciones táctiles. Internamente la mente se encuentra objetos-mentales (pensamientos). Todos los procesos cognitivos suceden de la misma manera. Debes tener una puerta de un sentido operativa, un objeto de esa puerta y la conciencia de esa puerta abierta. Todo ello da lugar al contacto. Con el contacto como condición, surge la sensación.

Sin embargo, por regla general los seres humanos jugamos al despiste a través de los sentidos y nos auto validamos mediante proyecciones que hacemos sobre los fenómenos. Si queremos vivir con sabiduría como seres humanos, tenemos que entender cómo funciona nuestro sistema cognitivo, esto es, qué son cómo funcionan las sensaciones y tras ellas todo lo que sentimos.

Con todo ello, la ciencia ha llegado a postular que la mente no está localizada en el cerebro, sino distribuida por todo el organismo en forma de moléculas señal. También se expone que el sistema inmunológico, incluyendo el sistema nervioso central, tiene memoria y capacidad de aprendizaje, de ahí deduce que la inteligencia se encuentra en todas y cada una de nuestras células del cuerpo.

Por tanto, el cuerpo también es conciencia, por eso el cuerpo sabe, tiene sabiduría. Hay que observar y escucharlo para aprender. Cuando de alguna manera (dolor, placer, cansancio…) nuestro cuerpo se manifiesta, debemos observar qué hay en el fondo, porque seguramente existe algo que está influyendo y hemos de profundizar, a través de esas impresiones que nos transmite el cuerpo, para desentrañar lo que hay en nuestro interior. El cuerpo tiene una sabiduría que nos habla. Es bien importante que lo cuidemos.

Conclusiones

Dicho esto, podemos afirmar que la energía vital se articula principalmente en cuatro niveles: corporal, emocional, mental y espiritual. Al apegarnos a un estado momentáneo de ésta, sufrimos. Algunas psicoterapias se ocupan de desbloquear la pulsación energética en unos determinados niveles del ser y las vías espirituales en otros.

Es necesario que volvamos a recuperar el estado de presencia, fortalecer con ella el cultivo sistemático de la atención plena y compasiva, en definitiva, afinar la mirada y reajustar el tono existencial.

Debemos recordarnos que hemos nacido con un instrumento extraordinario denominado mente-conciencia que nos capacita para sintonizar con los cielos, caer en los infiernos o contemplar la luz estable que subyace entre ambos mundos. Es de vital importancia que redescubramos esta capacidad innata de darnos cuenta y poner luz en todos aquellos rincones insanos de nuestro ser.

Por eso encuentros como este III Congreso Internacional de Mindfulness en Zaragoza nos permiten recordar que sumamos juntos. Debemos fortalecer los lazos del trabajo y proseguir en un esfuerzo conjunto para encontrar una buena manera de hacer y reestablecer nuestra vida sana.

Éste es el objetivo fundamental del budismo, despertarse y acceder a un estado de salud global, experimentándolo en uno mismo para luego orientar a otros a tener esta vivencia.

 

Imagen tomada del blog de Denkô Mesa con el permiso del autor

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